Después de cuatro libros de cuentos creíamos que la vocación de Juan José Delaney era de cuentista, pero he aquí que de pronto nos sorprende con una novela original: Moira Sullivan. Sabemos que en la historia del arte de narrar hay narraciones que no se dejan clasificar en géneros. Sin embargo hay géneros, y los críticos distinguen entre un cuento y una novela. El primer distingo es que el cuento es breve y la novela es larga. Otro distingo, más discutible, es que en el cuento lo que importa es la trama de una acción y en la novela lo que importa es el carácter de los agentes de esa acción. Pues bien: Delaney ha lanzado una novela que salta sobre esas definiciones, aún sobre la tradición de las grandes novelas del siglo XIX, y va a parar en medio de la experimentación en las novelas del siglo XX. Muestra nuevas estructuras del arte de narrar. Múltiples puntos de vista, múltiples voces, múltiples personajes, múltiples escenas, múltiples tiempos, múltiples espacios, múltiples formas (incluyendo formas ajenas a la literatura como la de guiones cinematográficos y pentagramas de canciones, más notas del editor al pie de página). Esta múltiplicidad produce una primera impresión de estar ante un álbum de documentos sueltos. El editor, en la contratapa, ordena el desorden y aclara las cosas con un resumen de la novela: «Moira Sullivan cuenta la historia de una ex guionista del cine mudo norteamericano que, silenciada por la aparición del sonoro en 1927 y casada luego con un ejecutivo destinado a Sudamérica, termina sus días en un hogar de ancianos situado en la provincia de Buenos Aires. Aislada lingüística y existencialmente, unos pocos minutos le alcanzan para recordar su vida, tratando de entender su sentido. Una similar actitud comprensiva adopta respecto del país en el que está por morir. Hombres y mujeres que forjaron obras de arte o que de algún otro modo contribuyeron a la edificación de un pasado casi mítico, animan también esta primera novela de Juan José Delaney.»

El lector, aunque agradece esta ayuda, siente placer de comprender por su propia cuenta el proceso de la construcción de esta novela. Por ejemplo, que el tiempo de la evocación de los recuerdos personales de Moira es de cinco minutos. Comienza mirando el reloj: son las 21:15 (p. 10). Termina volviendo a mirar el reloj: son las 21:20 (p. 152). En esos cinco minutos recuerda una larga historia. Moira nació en 1904 y murió en 1982. Naturalmente, empieza con sus recuerdos de niña. Lo que la hace recordar es la noticia de la muerte de una actriz norteamericana de cine mudo, noticia que apareció en un diario de Buenos Aires. Ese período desde la infancia de Moira hasta su muerte no sólo está evocado por la misma Moira, sino también por otras personas que contribuyen a trazar la vida de Moira, en retrospecciones y premoniciones. El resultado es una iluminación de varios focos que vienen de diferentes posiciones en la vida. Se mencionan nombres conocidos en el arte cinematográfico (Buster Keaton, por ejemplo) y de la cultura general, y aparecen cuadros de la vida de los irlandeses en la Argentina (¡un encuentro con Don Segundo Sombra en Carmen de Areco!).

Interesa todo, pero lo que conmueve es la existencia de Moira, que termina con un monólogo directo, exclamativo y balbuceante (porque la prosa de Delaney no se niega a imitar, en forma realista, jergas, frases extranjeras, modos auténticos de hablar).

Enrique Anderson Imbert
En Gramma, Revista de la Facultad de Filosofía, Historia y Letras de la Universidad del Salvador, Buenos Aires, Argentina. Número 34, Agosto de 2001, págs. 40-41.