Postales de la vieja Irlanda

Memoria de Theophilus Flynn, de Juan José Delaney, narra una historia de inmigración, nostalgia y lenguaje.

Por Pablo Ali
Revista Ñ, Buenos Aires, 25 de Mayo de 2013, p. 41.

Dividida en tres momentos y en tres voces diferenciables, Memoria de Theophilus Flynn relata la vida de un hombre nacido a mediados del siglo pasado en la ciudad irlandesa de Waterford. Theophilus es adoptado a los seis años por dos mujeres solitarias que lo educan en un estricto catolicismo, mientras le enseñan el trabajo rural y le transmiten la pasión por la literatura, la música y las costumbres. Todo esto se condensa en el idioma inglés, pero también en el viejo dialecto gaélico, que el niño apenas escucha pero internaliza de un modo inconsciente. Así, entre juegos infantiles, amistades, primeros desencantos amorosos, pecados y confesiones, se va creando en él ese misterioso entramado que es la memoria.

La primera parte se presenta articulada ‒a veces de un modo excesivo– por un narrador omnisciente que permite crear en el lector imágenes nítidas y un panorama profuso de la tradición irlandesa, plagado de nombres propios, descripción de lugares, comidas y bebidas. En este libro, la Vieja Irlanda aún está viva. Resulta un acierto que este narrador, dedicado a los años de formación del personaje, luego dé paso a otras voces menos estrictas –en segunda y en primera persona– que cuentan las peripecias de Theophilus en la Argentina, y nos dan de él una visión más cercana.

Es interesante aquí una serie de movimientos narrativos: mientras que por un lado, desde el punto de vista interno, Theophilus busca a sus verdaderos padres, por otro anhela recuperar esa infancia perdida, esa lengua primigenia. El relato también parece precisar de otra lengua para contar la misma historia: no sólo la de este hombre que viaja a la Argentina para reunirse con sus compatriotas que aún conservan lo que en Irlanda ya no existe a causa de las políticas neoliberales de los noventa, sino también la de millones de inmigrantes que poblaron nuestro país. Con momentos de humor, producto de malos entendidos o de simpáticas complicidades, esta segunda voz introduce términos en lunfardo y muestra un reconocible panorama porteño, donde el tango funciona como código universal del romanticismo y la melancolía.

El punto más alto es el breve tercer capítulo: una carta escrita por el propio Theophilus, dirigida a un amigo español que vive en Irlanda, con la que quiere ponerlo al tanto de las novedades y mostrarle sus avances en el aprendizaje de la “lengua del Quixote”. En este pasaje, en el que abundan el humor y los guiños lingüísticos, también puede leerse una liberación del personaje, que se ha convertido en un verdadero “Irish-Porteño”. En la recuperación de su tradición, ha sumado otra nueva, que conforma una tercera tradición, heterogénea y rica en matices. Este movimiento plasmado con tanta elocuencia quizá sea uno de los mayores méritos de este libro porque da cuenta, por intermedio de la literatura, de un fenómeno histórico, humano y social que nos interpela a todos.

Todos añoramos el pasado

Delaney, J. J. (2012). Memoria de Theophilus Flynn, Buenos Aires: Corregidor. ISBN: 978-950-05202-6-3

Por ALEJANDRO TLOUPAKIS
Revista Gramma, XXIV, 51, (2013)

En Memoria de Theophilus Flynn, Juan José Delaney presenta a un entrañable personaje que, desde una granja irlandesa, busca su futuro… en el pasado. Ese impulso paradójico lo conduce a la Argentina, donde hallará su edén personal. Como en los cuentos de Tréboles del sur ((1994) y en la novela Moira Sullivan (1999), Delaney escribe sobre los irlandeses en la Argentina para hablar sobre todos los hombres.

Adoptado a los seis años por dos hermanas solteronas, el protagonista de esta nouvelle vive una infancia tan feliz como alguien puede ser en esta tierra, y sentado al volante de un Hillman abandonado en un galpón, se entrega a gratas ensoñaciones. El relato acompañará a Theophilus en esas fantasías, y también en sus búsquedas y descubrimientos. En ese proceso, el autor logra articular de un modo natural y orgánico lo individual con lo social, lo personal con lo histórico, y así le otorga a la vida del personaje resonancias universales.

La vejez y la muerte de las hermanas que lo adoptaron coinciden con la percepción del protagonista de que el llamado «despertar del Tigre Celta» –período de auge económico que vivió Irlanda entre 1995 y 2007‒ provocó la muerte de «the Old Ireland», con sus tradiciones: la acendrada religiosidad, la austeridad como estilo de vida, la antigua lengua de la isla –el gaélico‒, y hasta las comidas ‒como los dumplings, bolas de harina, sal y leche–. Pero dos menciones aparentemente azarosas de la Argentina llevan a Theophilus a interesarse por este país remoto al que emigraron tantos de sus compatriotas. Así, descubre que en realidad nada es azaroso, ya que, como en un arca de Noé, nuestras tierras conservan mucho de todo aquello que él añora. Porque, como dice un personaje de la novela, «todos añoramos el pasado» (Delaney, 2012, p. 52).

Esa paradoja temporal y especial constituye el eje del relato: cruzar todo un océano para encontrar lo propio, buscar en el mañana del emigrado el pasado más querido.

Julia, una de las hermanas que adoptaron a Theophilus, tiene una curiosa afición: recortaba las figuras humanas de las fotos familiares y armaba con ellas nuevas escenas con personajes que no habían coincidido en el tiempo. Delaney nos ofrece así una bella metáfora de la memoria ese escenario al que solemos convocar a actores extemporáneos.

El «montaje» que practica Julia se relaciona con el cine, que da lugar a otro logrado episodio del libro, en el que Theophilus, de chico, consigue trabajar como extra en Moby Dick, el clásico de John Huston. Sus dos fugaces apariciones conducen a una reflexión existencial: «Es verdad que […] para atraparlas es imprescindible no parpadear, pero también es verdad que el hombrecito está ahí como todos nosotros en nuestro igualmente fugaz paso por este valle en más de un sentido ficcional» (Delaney, 2012, p. 19.) Semejantes connotaciones filosóficas adquieren dos episodios en los que aparece el teatro: en uno de ellos, una representación de Julio César en un manicomio genera una situación desopilante.

Porque el humor –«angélico», como el de Marechal‒ es una nota presente en muchos acordes de este libro. Cuando las solteronas descubren a Clancy, su querido perro, apareándose con una Collie, deciden castrarlo, y «de ahí en más […], llevó una vida pura, funcional al ambiente victoriano en el que había fijado residencia» (Delaney, 2012, p. 10). Risa genera también la supuesta etimología del «chimichurri», que habría sido inventada por un irlandés llamado Jimmy Curry, nombre que, deformado por los criollos, pasó a designar la conocida salsa. El tercer y último capítulo celebra cómicamente los deslices idiomáticos de un Theophilus ya usuario del español, en una carta donde le cuenta a un amigo que en la Argentina no sólo encontró a la vieja Irlanda: también encontró el amor.

Referencias históricas eficazmente articuladas en la trama ‒como el magnicidio de Kennedy, otro hijo de Irlanda, o la tragedia de las desapariciones en la Dictadura Militar– se mezclan con guiños literarios que el lector atento disfrutará ‒Eliot, Joyce, Borges…‒, en una prosa clara y elegante, cortés con el lector.

Un comentario aparte merecen los personajes que pueblan el relato, por los dos rasgos que se combinan en ellos. Por un lado, sorprenden con comportamientos insólitos: Theophilus, por ejemplo, disfruta recorriendo cementerios. Por otro lado, son nobles y bienintencionados. Practican el arte del respeto al prójimo, la sinceridad, el decoro.

El efecto de lectura, tan infrecuente en la ficción actual, es el de acceder a una visión profundamente optimista del género humano.