EL
ASCENSOR
Hábiles intérpretes de sí mismas, las cuatro personas alojadas en el Hotel
Internacional que aquella noche esperaban subir a sus respectivas
habitaciones se introdujeron con lenta casualidad en el ascensor.
Ocasionalmente embocado en su cigarrillo, el primer hombre que se
adelantó, tras tocar apenas el botón número diez continuó leyendo el
Times; le siguieron dos jóvenes: un tal Murat y una morena,
quienes se dirigían al octavo y quinto piso respectivamente; el último
en pasar se mostró torpe ya que al hacerlo tropezó contra el señor que
leía aunque no tardó en disculparse con una sonrisa que no fue
correspondida; era alto, rubio, robusto… en seguida se supo que el
decimosegundo piso lo esperaba. Se clausuraron las puertas y de igual
manera alguien cerró su diario, observó su reloj y empezó a meditar.
Con rapidez se inició el invisible ascenso y simultáneamente los
pasajeros coincidieron en perseguir la luz roja que, en el indicador,
huía de un número a otro. Primer piso. Uno de los pasajeros carraspeó.
Segundo piso. Dos miradas sajonas se cruzaron. Tercer piso… Cuarto...
Imprevistamente la luz roja no señaló el quinto, pese a lo cual los
cuatro permanecieron observando el tablero: nada ocurría. Poco a poco,
reprimiendo la incipiente ansiedad, los pasajeros terminaron
admitiendo que estaban inmovilizados presumiblemente a causa de un
desperfecto. El caballero del diario se llevó la mano al cuello como
para arreglarse la corbata mientras el germano abría la boca como
paladeando algo que iba a decir; el francés y la muchacha disimulaban
su intranquilidad. Pronto los ojos se buscaron, definiéndose miradas
sedientas de afán atávico, pero en realidad lo que ocurre es
que bajo la aparente indiferencia de un cielo perfectamente rojo un
hombre se arrastra por el desierto. Sudor, lágrimas y desesperación
ensucian su cara. Como otras veces, logra incorporarse pero cae y en
esa situación pasea las manos por los cabellos rubios y piensa, piensa
en un oasis imaginario en el que bebe. Después levanta la vista y sus
ojos concluyen en un arroyo. Se esfuerza por llegar a él y ahí mismo
cae en medio de la ilusión. El color violáceo del cielo y el desierto
permanecen. Sólo fluctúan las ideas del individuo que despierta. El
tiempo parece no existir. Cuando sus párpados se abren, cree advertir
la figura de alguien que se acerca. Vuelve a él la memoria del arroyo
imaginario y, manotón mediante, desprecia la visión. Constata, así que
sus dedos dan contra una superficie contundente y que agua fresca y
real cae sobre él. Cuando la mujer vuelve a su morada en busca de más
agua, trata de calcular el tiempo transcurrido sin haber visto a un
ser humano pero le resulta imposible hacerlo. Sola en el desierto,
hasta el recuerdo de sus padres la había abandonado. Por eso hablaba
sola. Al llegar a la vivienda el hombre resuelve que esa construcción
situada en medio del desierto es absurda. Ya adentro, adivinando su
cansancio, la muchacha lo lleva a la habitación que había pertenecido
a los padres y al retirarse cierra la puerta que el forastero vuelve a
abrir. Ella, como todas las noches, toma un libro y se deja vencer por
la lectura. Pronto, y aunque inmersa en ese rito nocturno, unos gritos
la distraen. Sólo de un lugar pueden provenir y al acercarse adonde él
descansa, lo encuentra haciendo notorios esfuerzos por sobreponerse de
un aparente ahogo. Al ser despertado, pronuncia palabras que no tarda
en sofrenar porque ella nunca podrá comprenderlas... Él hubiera
querido comunicarle su pesadilla… tres personas… él… atrapados… Otra
noche advierte ella que el forastero examina sus libros. Al tiempo,
tenues golpes resuenan en la puerta. Al abrir, dos cuerpos se
desploman a sus pies: una cabellera canosa y otra castaña los
encabezan. Son atendidos aunque nada se puede saber de ellos porque
lenguas disímiles los aíslan, pese a lo cual sucesivos días modelan
una forma de convivencia. Aunque campea el silencio, de tanto en
tanto alguna sonrisa y, con harta frecuencia, las miradas, buscan el
encuentro. Ocurre cierta vez que al salir dos de los hombres a
explorar el territorio, uno de ellos cae en un pozo; el otro nada hace
para rescatarlo, limitándose a volver a la casa donde con señas
formaliza una ficción. Esa tarde reaparece el accidentado quien se
limita a clavar su mirada en la del que lo abandonó. La joven registra
el instante en que esos ojos se encuentran y le parece que eso ya ha
ocurrido, que el momento que está viviendo ya lo ha experimentado en
otro tiempo, en algún otro lugar… Es de noche. Cansada de alumbrar,
muere una vela. Alguien que ha esperado con impaciencia abandona la
cama y busca un cuchillo. En el instante en que lo toma, un grito
perfora la artificial serenidad: es la joven que escapa del muchacho
que ha intentado poseerla. En la confusión el acosador sale al
desierto, también a los gritos, y al mirar el cielo (que ahora es
rojo) reconoce en el espacio un planeta: “Le monde!” –vocifera–
“le monde!”. Vuelve a la casa y encuentra allí a sus
compañeros peleando mientras la mujer se cubre y busca apaciguarse
porque son apenas unos instantes los que interrumpieron la
ruta vertical del aparato. Y entonces las miradas se desvirtúan
súbitas, y surgen dos sonrisas jóvenes, alguien que retira la mano de
su corbata y una figura descomunal atenuando cierta maldición esbozada
en sonora lengua alemana.
FILM
La primera película había sido un fracaso. En su
momento la crítica señaló el perezoso movimiento de cámaras, el abuso
de diálogos carentes de funcionalidad y la música extraña respecto del
contexto de la cinta. El crítico del diario El Mundo, por su
parte, se había atrevido a objetar la belleza de la heroína, y peor
fue el descubrimiento de un locutor radial quien difundió que en una
de las secuencias supuestamente más dramáticas bastaba con poner un
poco de atención para encontrar, en un segundo plano, a tres “extras”
que sonreían como satisfechos de su papel.
Todo aquello había ocurrido cuatro años atrás y ahora
Jorge Federico Espinosa, tras admitir y deplorar su inexperiencia
juvenil, emprendía con renovado entusiasmo un proyecto que debería
rehabilitarlo como realizador cinematográfico. Víctima del mismo
fervor histórico que había llevado a directores como Leopoldo Torre
Nilsson a resucitar al Santo de la Espada y a Güemes,
Espinosa se proponía animar la figura del General Julio Argentino Roca
en su campaña contra los indios. Sin excesiva originalidad, el guión
–obra del director y de un tal Atilio Posadas– terminó titulándose
La conquista del desierto.
Lo que más tiempo insumió fue encontrar al actor que
debía encarnar el papel principal. Cinematográfica Omega finalmente
dio con un individuo cuyo parecido con las fotografías del General era
notoria; el candidato explicó esa similitud con el hecho de que,
casualmente –o no tanto–, era él un descendiente más o menos lejano de
los Roca. No fue difícil para la productora seleccionar al resto de
las figuras: Avellaneda, Alsina, Conrado Villegas... Mientras se
reconstruían los escenarios de la segunda mitad del siglo XIX,
empezaron los ensayos. La seriedad y arrogancia de Roca, su actitud
visionaria y la interpretación de los otros personajes justificaron el
optimismo de Espinosa quien descontaba su reivindicación de cineasta.
Atento por cubrir varios frentes e invalidar, por
ejemplo, ataques futuros por parte de quienes ven en la gesta un
genocidio, no se privó Espinosa de dar cuenta de los frustrados
intentos por civilizar a los indígenas.
El primer tramo del film se ocupaba de aquellos años
en que Adolfo Alsina estaba a cargo del Ministerio de Guerra, es
decir: hasta 1877. A él se debió la construcción de numerosos fortines
y las inútiles zanjas tendientes a frenar el avance de los salvajes.
Para mostrar lo estéril del intento, las cámaras registraron escenas
en las que los indios colmaban las cavidades con ovejas para pasar con
sus caballos sobre ellas. Buscaba Espinosa acentuar la debilidad del
plan concebido por Alsina para magnificar la figura de Roca y su
empresa.
Al dejar Alsina el Ministerio, fue precisamente Roca
quien tomó la cartera. Poco después el Congreso examinó la propuesta
del nuevo hombre de guerra: “(…) ir directamente a buscar al indio en
su guarida, para someterlo, o expulsarlo, oponiéndole en seguida, no
una zanja abierta en la tierra por la mano del hombre, sino la grande
e insuperable barrera del río Negro, profundo y navegable en toda su
extensión, desde el océano hasta los Andes.” Tal como en la Historia
(como en los libros de historia), el proyecto fue aprobado en 1878.
Con esta evocación concluía la primera parte de la película.
El inquieto realizador concentró su talento todo en
la preparación de la secuencia central, la más ambiciosa, y para lo
cual tuvo que lidiar con más de doscientos extras que –trucos
mediante– parecían muchísimos más: eran los que darían vida a uno de
los enfrentamientos entre la civilización y la barbarie.
La campaña duró desde julio de 1878 a enero de 1879.
Fue, literalmente, una masacre. Hubo más de veinticinco expediciones
de las que planeaban filmar tres. La narración terminaría el 24 de
junio, fecha en que Roca llegó a Choele-Choel y organizó exitosamente
la línea de frontera del río Negro, a cuyo frente quedó el coronel
Conrado Villegas. Lo previsto era que a propósito de este hecho
estallaran acordes marciales tendientes a conmover al espectador quien
con furibundos aplausos coronaría la realización de Espinosa.
Por la noche los actores acamparon en el desierto
donde no muy tarde fueron vencidos por el viento y el frío
patagónicos.
Para el día siguiente, al atardecer, estaba prevista
la filmación de otra batalla. El director dedicó gran parte de la
mañana a explicar los pormenores de la pelea cuyo realismo debía ser
contundente. Las tropas atravesarían una serie de lomadas hasta
descubrir un monte donde estaría agazapado el enemigo. Allí se
libraría la pelea.
A las cinco todo estaba preparado y el entusiasmo por
la proximidad del final del trabajo animaba a los soldados. Cuando
Espinosa gritó “¡Acción” iniciaron las máquinas su andar y los
caballos el suyo. Acompañado de subalternos, el General encabezaba la
tropa. Así, la fluctuante formación avanzó por una geografía que
vedaba el desarrollo del paisaje. Respetando instrucciones, las
cámaras permanecieron en el sitio en el que habían empezado a filmar.
La idea era permitir que la escuadra se alejara para obtener así una
sensación de amplitud que el objetivo graduaría. En un Jeep,
megáfono en mano, Espinosa era el único que acompañaba a los actores,
aunque a prudente distancia.
Lo imprevisto sucedió cuando al llegar a cierta
meseta, Roca se encontró, a muy pocos pasos debajo de él, con una
cantidad de hombres oscuros cuyo número no supo precisar. Con armas y
firmes en sus caballos, lo miraban. Sonrió. También lo hicieron otros
soldados ficticios que completaron la escena. El punto señalado para
la batalla aún estaba lejos, debía de ser una confusión. “La pelea es
al lado del monte”, vociferó el General. Como si esas palabras
hubieran constituido un insulto, los hombres (nunca supo quiénes eran)
atacaron como accionados por una gigantesca catapulta. Los actores
escucharon la nítida puteada que salió del megáfono pronto ahogado por
el crudo lenguaje de lanzas, flechas y boleadoras. Ninguna de esas
armas alcanzó al desesperado Jeep pero demostraron ser mucho
más eficaces que las de utilería de los falsos soldados, y entonces la
sangre fue real. En pocos minutos la acción había terminado y en un
remolino de potros y gritos los indios se borraron de la escena.
Las distantes cámaras lo habían filmado todo.
Cuando los salvajes apócrifos llegaron al lugar de la
matanza, encontraron a Espinosa paseando entre muertos y heridos,
perplejo y desesperado.
Todo parecía un sueño pero no lo era ciertamente.
El país se enteró por los diarios: “Reducción
indígena confunde ficción con realidad”, “Extraña masacre en el sur”,
“Cineasta desconocido origina una tragedia”. Un matutino cordobés
intentó asomarse por sobre lo meramente fáctico: “La historia cobra su
venganza”, aseguró patético.
Previsiblemente, Espinosa y sus socios abandonaron el
proyecto para que la historia no se repitiese. En cuanto a
Cinematográfica Omega, la audaz productora no sólo no sufrió perjuicio
alguno sino que, por el contrario, acumuló fortuna mediante la
comercialización del documental que la barbarie hizo posible.