Lo
importante era el silencio. Todas las noches lo buscaba, especialmente los
domingos cuando las otras recibían visitas y ella más sentía el acoso
de la soledad. En rigor, a nadie tenía pese a haber estado en la vida de
muchos y a que, por esa acción secreta y persistente del arte, continuaba
gravitando sobre gentes extrañas y lejanas. El silencio de ese anochecer
dominical le permitiría entregarse serenamente al ensueño en el que
resucitarían vivencias y pensamientos provenientes de zonas postergadas
por su memoria, y también secretas conexiones que su visión de la vida,
del mundo y de los hombres concertaba con cierta independencia. Luego de
la cena monacal, se permitió abrir los ojos que había cerrado al
sentarse en la mecedora. Un poco difusamente entrevió lo que la enfermiza
luz del velador le permitió: las paredes invadidas por mapas de humedad,
algunos cuadros, la cama, la mesa que también le servía de escritorio,
ciertos libros muy viejos, algunos diarios y revistas, el roperito, el arcón
que la venía acompañando por años. Esos instantes previos al descanso,
durante los cuales se juzgaba libre, constituían el bálsamo que le
permitía escalar una semana más sin sucumbir. Acaso porque los momentos
más significativos de su existencia habían estado marcados por él, lo
que sin duda más valoraba de la ceremonia previa al sueño era el
silencio. Las palabras nunca le habían resultado suficientes y ahora
aparecían como absolutamente inútiles ya que su lengua, extraña para
quienes la rodeaban, nada podía transmitir. Miró sus manos, viejas,
pecosas manos. Tuvo así una idea aproximada
de cuánto desgaste había sufrido desde aquel día en que empezó
la función. ¿Era ella la misma de casi ochenta años atrás? ¿Se podía
considerar responsable, culpable de su obra? Su obra. Sonrió. Repitió la
palabra. ¿Cuál había sido su obra? ¿La nacida en 1911 y silenciada en
1927 o la que empezó el día de su matrimonio para prolongarse hasta el
presente como en un sinuoso y absurdo largometraje? Llovía. Eso
facilitaba la concentración. Sobre la cama descansaban ejemplares
atrasados del Buenos Aires Herald,
uno de los cuales había hojeado con desgano. Esos diarios viejos se los
conseguía el Director del asilo con el propósito de atenuar su
aislamiento, el voluntario y el otro. Miró el reloj: las 21:15. No, no
continuaría con el Herald.
Acompañada de la pálida luz del velador y de la estufa a kerosene, pensó
que lo mejor era pensar. Cierta noticia vinculada con el deceso de una
vieja colega en el país que ella había abandonado, leída hacía apenas
unos instantes, aún la conmovía y fuerzas incontrolables la empujaban a
recorrer su propia vida; recorrerla e indagarla sobre todo en los aspectos
que todavía le resultaban literalmente asombrosos: el hecho de que a
partir de 1927 (año en que irrumpió el cine sonoro) ella, guionista y
alguna vez actriz del cine mudo optara por el silencio y el que, habiéndose
casado más tarde con un ejecutivo de cierta importante empresa de
comunicaciones, diera inicio al período de larga incomunicación que aún
no concluía. En esas aparentes paradojas estaban las claves de su
existencia, existencia sobre la cual, a propósito de la muerta de Meta
Morrison, de la que precisamente acababa de enterarse, deseaba meditar. Sí,
ahora. A los setenta y ocho años de edad, desde ese puesto minúsculo, el
cuarto de un ignoto asilo situado en un lejano país sudamericano en el
que habría de morir tan sola como había venido al mundo y, además, lingüísticamente
marginada. Sus ojos recorrieron las mordidas paredes hasta dar con la
fotografía color sepia que la mostraba a los seis o siete años de edad.
Desde el fondo del retrato la niña observaba. Comprendió que, pese al
tiempo, aún se reconocía en los grandes ojos plenos de extrañeza, de
indescriptible extrañeza.
©1999
by Ediciones Corregidor